
martes, 12 de noviembre de 2013
jueves, 5 de septiembre de 2013
MES DE BRASIL EN LA ARGENTINA
Para quien le interese:
Noticias en el boletín de la Embajada de Brasil.
http: //mesdebrasilenlaargentina2013.worpress.com
viernes, 30 de agosto de 2013
MALBA: Yayoi Kusama, Obsesión infinita
![]() |
Kusama-Red Infinita. Manhattan, 1961. |
Los periódicos, diarios,
suplementos y revistas culturales ya han dicho bastante sobre la retrospectiva
de Yayoi Kusama que puede verse en el Malba y sobre las características
personales de esta artista y su experiencia creativa. Poco habría para agregar.
Sin embargo hay algunas observaciones que me siento inclinada a puntualizar.
Por un lado la función terapéutica,
que según ella misma explica cumple su arte. En el video de Martín Retti (Tokio,
mayo del 2013), que puede verse en la planta baja, Yayoi dice: “Si dejo de
pintar comienzo a sentir tendencias suicidas”. Los trastornos emocionales que
sufrió desde joven y que la llevaron a internarse por propia decisión en una clínica
psiquiátrica en 1977, encontraron una luminosa salida en la polifacética obra
que ha concebido. Desde los primeros trabajos, próximos a la abstracción, la
serie de la Red
Infinita , óleos de
gran tamaño con trazos claros y rítmicos sobre telas blancas, la perfomance Caminata, plasmada en base a diapositivas de Eikoh Hosoe, en la cual contrasta la imagen de la artista
con el fondo de calles de Nueva York, vacías y agrisadas, donde vivió más de veinte
años y participó de la movida psicodélica y el Pop Art de los años 60, las extrañas
esculturas con penes, las instalaciones que reproducen un clima alucinatorio,
hasta los cuadros del 2012, donde se repiten de manera obsesiva determinados
motivos: rostros encadenados como jeroglíficos,
puntos, bordes dentados, tramas laberínticas, todo refleja una laboriosidad tenaz.
La muestra expone muy distintos enfoques, algunos más espectaculares que otros
o quizás más abiertos al asombro y a la participación del público. Como es
el caso de The Obliteration Room, sala
de estar blanca, donde los visitantes pueden pegar stickers que son motas de
color. O el atractivo pasadizo oscuro
iluminado por infinidad de bombitas de cambiantes colores en forma de punto que
se reflejan en espejos o en el agua que cubre el piso. A lo largo del trayecto
visual uno se queda, por lo menos, sorprendido.

Por otra parte, un dato que me parece interesante señalar es la
masividad con que fue recibida la muestra. ¿A qué se debe? ¿A qué razones responde la visita de un público tan heterogéneo? Gente de toda edad,
especialistas o no, familias, niños… Arriesgo una idea: el carácter lúdicro, la
pasión por un juego que atrae con ciertas cualidades vecinas a la magia (hasta los árboles que circundan al
museo se han vestido con disfraces de pintas). O tal vez sea esa
idea de salto hacia el infinito lo que resulte extremadamente tentador.
viernes, 23 de agosto de 2013
RENOIR: una muestra de excelente cine plasmado con pulso impresionista
El arte pictórico, al menos desde
la antigüedad hasta la época de la pintura de caballete, consiste en una
representación sobre un plano. Si alguna idea de movimiento transmite esa representación es la
que ha sabido sugerir el pintor a través del dibujo o por medio de la
ductilidad con que ha empleado los colores. El plano en sí se mantiene
estático. El cine, creado hacia fines del siglo XIX y perfeccionado a
principios del XX, muestra cuadros en movimiento. Si bien esta explicación
resulta obvia, la juzgo necesaria como introducción al análisis de los ejemplos
fílmicos que en los últimos tiempos han
estado en cartel (Renoir, del francés
Gilles Bourdos, y antes, El molino y la
cruz del polaco Lech Majeswski, a
la que más adelante dedicaré una página). En ambos casos el cine se aproxima a
la materia y al espíritu de la pintura.
Renoir, en lo que respecta a su anécdota, es un ejemplo de
vinculación entre esos dos tipos de expresión artística: Jean, el hijo del
reconocido pintor, descubre su vocación
por el séptimo arte gracias a la influencia de Andreé, la última de las modelos
de su padre. Con el tiempo se transformará en director de culto (La fille de
l’eau, Nana).
La película recrea la atmósfera
del Impresionismo, su atracción por el aire libre, la luz, los escenarios bucólicos
y el movimiento. Los artistas que integraron esta tendencia se rebelaron contra
la Academia
y el arte oficial de los salones. Formaron distintos grupos, con matices y
abordajes diversos. También evitaron, en gran medida, la confrontación con la sociedad y la
naturaleza que caracterizó al romanticismo. Y, si bien no se desprendieron del
realismo, pusieron el acento más en la impresión, que es relativa y fluyente. La
palabra impresionismo surgió de una ocurrencia periodística, resultando luego
atractiva para designar un sistema de pintura en que la pincelada es visible y
espontánea, lo representado parece responder más a un impulso momentáneo que a
la premeditación, como si se tratara de un acto instintivo, y la imagen demuestra notable poder de síntesis.
Pierre Auguste Renoir nació en
Limoges-Francia, en 1841. Allí se inició en el arte de decorar porcelanas. Luego,
su familia se trasladó a París, donde conoció a Monet y Pissarro. Expuso junto
a ellos en los salones de 1864 y 1865 y, en 1874, expuso junto a una treintena de impresionistas en los salones
del fotógrafo Nadar, con el título de Compañía
Limitada de Pintores, Escultores y Grabadores. Tuvo un fuerte influjo de
Corot y adoptó y amplió los grandes descubrimientos del color de Delacroix. En
1882 visitó Italia y se puso en contacto
con la pintura renacentista. Su gusto por
la combinación de figuras y paisajes lo aproximan al Veronés y a Rubens. La
influencia de este último es evidente en el encanto que el cuerpo, el desnudo femenino cobra en su creación.
El film de Bourdos nos muestra a
un Renoir anciano, sufriente e impedido por los estragos de la gota. Sin
embargo, su frase: “El dolor pasa, la belleza permanece” resplandece en cada
una de las secuencias, en la luminosidad que, filtrada a través del follaje,
estalla en matices y coloridos contrastes, en la cámara que refleja las escenas
familiares y se detiene con embelesamiento ante las poses sensuales de su
modelo y también en cada instante expresivo de su vivacidad, de su ardor juvenil.
La cámara recorre de manera pictórica la naturaleza muerta de una mesa de
cocina donde se entremezclan pescados y hortalizas, pero no deja de estar atenta a las
manos laboriosas que se afanan en los preparados culinarios. El dolor es
mostrado en todas sus facetas, no para regodearse en él sino para contraponerlo
a la firme voluntad del creador que no se deja vencer y que ama profundamente
la vida.
La caracterización de Michel
Bouquet (Renoir) es impecable y también lo son las actuaciones de Vincent
Rottiers (Jean) y Christa Theret (Andreé). Hay planos donde se advierte la carga emocional, el vívido sentimiento que
subyace en cada uno de los gestos.
Vibrantes las escenas de
desplazamiento a través de un paisaje de gran belleza y profusión. El verdor de
los campos, el deslizamiento rumoroso de
un río, el oleaje marino conforman una ambientación que responde en todo a los
cuadros de situación elegidos por los impresionistas. Hay que acotar que estos
traslados también encarnan una premisa esencial de los pintores que confluyeron
en esa estética: el alejamiento del atelier y la búsqueda del escenario
natural.
Renoir es una película que despierta placer y alegría. El placer y la
alegría con que un genio de la pintura nos plantea que el goce es “dejarse
llevar como un corcho en la corriente”, sin pesadumbre ante las desventuras que
la vida misma impone, con el deseo en pie.
Bourdos contrapone el invierno de
una vida al renacimiento primaveral y a la pasión renovada. Todo en su obra
destila esa espontaneidad, ese hipnótico parpadeo con que la luz impresiona
nuestras retinas. Y con ello recrea cinematográficamente un estilo que toma
prestado de la pintura. Detiene el movimiento de la tira de celuloide, acondiciona el fotograma en momentos precisos,
acomoda su pulso hasta reencontrar el trazo de una época y de un estilo.
jueves, 13 de junio de 2013
MAMBA: Grupo Mondongo: manos dotadas para una nueva forma de entrenamiento visual.
En el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires se puede apreciar, en estos días, la singular muestra del colectivo Mondongo.
Este grupo inició su proyecto de trabajo en 1999. Si bien las piezas expuestas
responden a la tradición figurativa, la innovación se encuentra en los materiales
empleados y en el virtuosismo con que esos materiales son tratados. Plastilina,
cera, cerámica, hilos de algodón, monedas permiten a los creadores generar
objetos altamente expresivos.
En el primer piso se exponen en
su mayoría retratos. Y es, desde el punto de vista visual, impactante
distinguir la gestualidad, el detalle de las facciones, la expresión de los
ojos, lograda a través de elementos tan poco convencionales. Pero también son interesantes los matices que se
obtienen a través del juego de la mirada cercana y la mirada a distancia. A
los retratos se suman cuatro obras donde la perspectiva y la sensación de
profundidad inquietan al espectador, quien de algún modo se encuentra a las
puertas de “zonas túnel” cargadas de simbolismo. La obra: Argentina,
significativa caja torácica y columna vertebral hecha de monedas de cinco y
diez centavos y expuesta a una iluminación casi agónica, muestra a las claras el
complejo entramado de un modo particular de visión y el sutil paso entre una
representación realista y su proyección
imaginaria.
En el segundo piso, quince paneles de grandes proporciones,
distribuidos en forma circular muestran paisajes de Entre Ríos. La plastilina y
otros materiales recrean los ciclos de
la vida, pantanos, reflejos de la vegetación sobre las aguas del río. Este trabajo de Juliana Laffitte y Manuel Mendanha (actuales
integrantes del grupo) surgió de una experiencia de viaje a esa provincia.
Retratos y paisajes en
contrapunto, ductilidad extrema, renovación de criterios pictóricos apuntan,
sin duda, a reactivar el asombro, recuperando esa suerte de perplejidad que
acompaña a las primordiales sensaciones.
El trabajo grupal responde a un
nombre también sugerente: Mondongo
es una comida en la que además de mezclarse diferentes ingredientes, tiene como
base las vísceras de un animal y es un plato que pertenece a las costumbres
populares. Tal vez en ese título se sintetice una entrañable, honda, manera de sentir el acto
de crear.
martes, 30 de abril de 2013
1º de mayo: DÍA INTERNACIONAL DEL TRABAJO
Escribió Gabriel Celaya:
Canto, libre de engaños,
los días y trabajos,
los oficios humildes que rezan los obreros,
la dureza consciente, los héroes cotidianos,
los hombres que se siguen sin alzar la cabeza,
sin bajarla tampoco.
Frag. del poema El martillo.
![]() |
Oswaldo Guayasamin (Quito,1919- Baltimore,1999). El paro, 1942. |
martes, 23 de abril de 2013
¿DEMOLICIÓN DE LA HISTORIA?
Hacía muchos años que no iba al Museo Histórico Nacional. Pero me
acuerdo bien de alguna de mis últimas visitas junto a un grupo de alumnos y en
calidad de docente. Había, en ese entonces, unas salas organizadas temáticamente
muy interesantes y atractivas. Y había que pasar al menos un par de horas en el
museo para apreciar su contenido. Ahora, no.
Se entra por La vuelta de
Obligado, un espacio donde se exponen objetos y fragmentos de escrituras que
pretenden dar testimonio de ese hecho histórico. Conviene aclarar que la
batalla de La vuelta de Obligado tuvo lugar el 20 de noviembre de 1845, durante
el segundo gobierno de Juan Manuel de Rosas. Si bien en esa ocasión se defendió
nuestra soberanía frente al avance de tropas anglo-francesas, este hecho no constituye
el inicio de nuestra historia nacional. Después de estas salas, donde podría encontrarse
una cierta cohesión temática, se pasa a otras donde la exposición carece de
toda relación: se pueden ver pantuflas y gramófono, pertenecientes a Perón, junto a un retrato de Irigoyen, el piano de Mariquita Sanchez de Thompson
enfrentado a un cuadro que representa el cabildo del 22 de mayo, en parte
tapado por una vitrina, el neceser de Salvador María del Carril cercano a objetos
pertenecientes al Gral. Belgrano. La
visita finaliza en una salita pequeña donde se exponen, con la ayuda un poco grandilocuente -en vista de la pobreza del resto- de tecnología actual, unos pocos documentos de los comienzos de nuestra
historia y enfrente de este reducto se encuentra una réplica de la habitación
del Gral. San Martín en Boulogne-Sur-Mer. El recorrido no lleva más de cuarenta
minutos.

No sé si habrá sido la impactante y muy actual tonalidad que
impone la moda de las pinturerías y que da su “nota de color” a las salas y pasillos
la que me lleva a esta breve reflexión.
La historia es, según mi modesto
punto de vista, un relato de los hechos del pasado, y como tal es conjeturable.
No hay un modo de narrar la historia sino muchos y cabe en esos modos la visión
de quien se encarga de trasmitirla. Un museo siempre es un lugar cerrado y como
apartado de la vida. Y sin embargo, es o debiera ser un espacio para activar la
memoria y despertar el asombro, la inquietud y la deliberación de quienes lo visitan.
Quien se encargue de la organización y exposición de los documentos debe ser en
cualquier caso una persona que entienda de los factores que hacen que un simple
espectador entre en un recinto y no salga de él tal como entró, sino movilizado,
asediado por mil preguntas y cuestionamientos. Tal vez, con ansias de saber más
acerca de lo que vio. En el caso específico de un museo histórico, sin ser una
entendida en la materia, se me ocurre que el atractivo de lo que se ve debe
estar basado en la recreación de acontecimientos, en lo escenográfico, en la
conexión de datos que permitan conjeturar, en la trascendencia con que deberá
estar investido el trayecto visual, en
la cualidad de tornar vívido lo memorable.
Si lo que se expone en un museo
histórico es pobre e inconexo, cualquiera que desconozca nuestra trayectoria
como país podrá pensar que la sensación de vacío que el muestrario traduce es un reflejo de nuestra
identidad como Nación. Y eso sería muy triste.
domingo, 31 de marzo de 2013
PROA: Instalaciones de Harum Farocki
![]() |
Immersion, 2009. |
Para todos los que encontramos en
el arte, además de un medio de expresión, un recurso de descentramiento, una forma de
inquietarnos intelectualmente y de encontrar en las imágenes no una respuesta
sino un interrogante, las visitas a Proa resultan siempre fructíferas.
En estos días visité la muestra
de instalaciones de Harum Farocki y también la de otros artistas –Rudnitzki,
Sardón y Yeregui- que responden a lo dicho anteriormente.
Respecto de Farocki creo que la
palabra que mejor sintetiza su propuesta es investigación. No encontré en sus
instalaciones un afán de cuestionamiento –característica a la que apuntaba el
arte al que tendíamos los que fuimos formados alrededor de los años 70- sino un
fino análisis de los modos en que la mirada puede ser capturada. Su trabajo es
más que nada registro. Registro de cómo la producción de imágenes responde a
ciertos factores relacionados con el poder. Farocki nos enfrenta a pantallas
que bifurcan contenidos y que resultan complementarias y de esa forma hace
visible lo que no está expuesto.
Una de las instalaciones que más
me atrajo fue Paralell (2012) donde pone, justamente en paralelo, la historia de
la animación por computadora con las imágenes
de la historia del arte. La simulación perfecta que se logra a través del
trabajo digital y las animaciones parece apuntar a una hiperrealidad que supera
a la realidad misma. Sin embargo esa mímesis tecnológica no implica perfección.
Por el contrario: “…la imagen virtual se
convierte en la medida de una realidad siempre imperfecta.”
Sus trabajos muestran la forma en
que toda visión está contaminada por una cierta manera de mirar, un enfoque, una
especie de entrenamiento perceptivo, y
trata de despertar en los espectadores cierta movilidad respecto de estos diferentes modos de condicionamiento.
Los otros expositores coinciden
con Farocki en el empleo de la tecnología y los conocimientos de la Física en
la producción artística. En algún caso de modo más logrado que en otro, pero en
todos con el poder de sugerencia, que por lo menos en mi caso, despiertan los fenómenos a que apuntan las
diferentes ramas de la ciencia.
La compleja forma de instalación
que representan muchas piezas del arte actual, implica, además de un trabajo de
búsqueda muy interesante, un poderoso estímulo para movilizar nuestra
capacidad de percibir y, por sobre todo, una manera de acercamiento a los
cambios con que la historia (y la vida
que de ella brota) va mostrando las tan diversas facetas que la conforman.
lunes, 21 de enero de 2013
EL "FAUSTO" DE ALEXANDER SOKUROV
El lento vagar de la cámara por
cumbres escarpadas, por precipicios e impresionantes fuentes de agua subterránea, a través de un paisaje cubierto por la pátina de luz
oscura que precede a las tormentas y atravesado por el
destello de relámpagos, con que se
inicia la película nos traslada emocionalmente al clima del Sturm
und Drang (tormenta y pasión), movimiento que preanunció la iniciación del Romanticismo
artístico. Época en que Johann Wolfgang Goethe creó su tragedia Fausto, basada en una antigua leyenda
del siglo XV. Esa referencia al movimiento que dio inspiración al autor alemán se
repite en la atmósfera final del film,
traspasada por veladuras oníricas.
El Fausto de Sokurov constituye
el cierre de una tetralogía dedicada a
retratos de hombres movidos y condicionados por la fuerza del poder. Se trata de una versión muy
personal. Las acciones no se atienen al núcleo narrativo básico de la tragedia
de Goethe. La película nos muestra el
discurrir de la vida de un personaje relativamente joven y anónimo, obsesionado por el afán de
conocimiento y expuesto a las desventuras y privaciones, que a pesar de sus
ansias, la vida le depara.
La cámara, llevada por una
lentitud detallista que caracteriza al cineasta, nos muestra a un ser profundamente terrenal, acorralado por
sus instintos, en permanente conflicto, que se
debate entre la búsqueda de lo más esencial del hombre: su alma, y las
alternativas de la subsistencia. La pormenorizada escena de la autopsia del
principio, donde el personaje busca en las profundidades de un cuerpo muerto lo
que de él puede llegar a pervivir, su paso alucinado y casi agónico por tabernas, donde alternan la obscenidad
y la violencia, sus recorridos por bosques que parecen encerrar todo el
misterio de una naturaleza insondable, reflejan
esa indagación en los estados subjetivos y las pasiones de la cual el Romanticismo fue precursor, y que se tornará más intensa en el hombre
contemporáneo.
El Fausto de Sokurov tiene el
mérito de traducir, con una poética de
imágenes que revela una fina y aguda observación, el drama de
cualquier habitante de este mundo que acuciado por el afán de saber se enfrenta al desasosiego de la
supervivencia y a la encrucijada de su propio destino. Su recreación de una
obra clásica de la literatura parece responder a los designios que Goethe
expone en el epígrafe de su libro: “Creo
firmemente que una inteligencia despojada y un recto juicio, tendrán que
trabajar mucho para hacerse dueños de todos los secretos que he involucrado en
mi fábula.”
El film logra crear, como otros
de Sokurov –viene a mi memoria La madre,
altamente conmovedor por su contenido y el trabajo tan sugestivo de la fotografía- una atmósfera muy rica en matices
y muy profunda en el buceo de los dramas
íntimos.
La visión en primer plano del rostro de Margarita, de
una belleza sublimada, y la escena amorosa, también en primer plano, en
contraste con las tenebrosas escenas
previas y posteriores en que se prepara
y consuma el pacto de sangre, son ejemplos
del modo en que un ojo experto busca transformar en objetivo
lo que por naturaleza pertenece al plano de la más recóndita subjetividad.
Asimismo, el Mefistófeles un poco
grotesco, paródica representación de la
usura, es quien manipula como a una desvalida marioneta a ese Fausto -que no es
más que el paradigma de cualquier mortal- y es quien lo arrastra por los empinados pedregales y abismos en que
acaba su existencia.
La película es una maravillosa
muestra de lo que se puede hacer siendo un buen lector de libros, de pasiones e imágenes. Un sutil recorrido por las tensiones que mueven
el intrincado engranaje del poder.
martes, 8 de enero de 2013
PROA: Alberto Giacometti
Todo un hombre, hecho de todos los hombres y que vale lo que todos y lo
que cualquiera de ellos.
Jean-Paul Sartre
Las cabezas de Giacometti. Duras y
extrañas. Como piedras que se refugian en moldes incontenibles, en figuraciones
arrancadas de cuajo al vacío. Bronce oscuro. Rostros afilados, puntiagudos,
aplanados. Espátula invisible inventando formas que quiebran toda dimensión. Lo
grande y lo pequeño abismado en lo relativo. Ojo que descubre en lo quieto la huella de la acción.
Espacio roto y contornos mimetizados con la materia que les da vida. Chorreadura
que restablece el orden de los sueños, la penumbra totémica, el misterio
pendiente de un hilo. Cabezas que conversan unas con otras, que se dicen de
manera distinta y distante. ¿Cabezas humanas? Centro del pensamiento que
acomete con líneas inusuales y
reveladoras.
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